domingo, 7 de octubre de 2012

Columna XIV

Terrícolas, lo siento mucho, el amor ha muerto, ya no queda ni una diminuta pizca en todo este vasto vertedero.

Te paras un momento, desconectas del universo, bebes cuatro cosas que te llevan a un estado de lucidez total en el que te das cuenta de las millones de cosas que pasan ante ti como un puñetero río iridiscente de verdad fecal que desprecias por el simple hecho de que no quieres conocerlas. En la total decadencia llegas a un acuerdo contigo mismo, te preparas para lo que sobrio no has tenido valor ni para pensarlo y, sutilmente, te lanzas en busca de una respuesta larga que culmine en la mayor de las gratificaciones.

Los terrores de las dimensiones ignotas fluyen bajo tus pies, los miras de reojo mientras riegas tu cuerpo con más falsa auto-seguridad, la mierda más grande jamás creada en este mundo. Es cierto, no sientes miedo, un cálido valor te llena y te crees capaz de manejar mejor la situación porque las verdaderas represalias ahora no son tan temibles; tienes una red de excusas preparadas que esta sociedad suele admitir en un alto porcentaje y en el peor de los casos la otra parte influyente pondrá más de su parte de la que te esperabas. El terror existe, es bárbaro y horrible, casi medieval pero eso te importa tres cojones por algún tipo de pseudorazonamiento de la más pura ebriedad cognitiva.

Pero, algo ocurrió al margen de mi propia voluntad, una pequeña parte de ese río de miedos entró en mi cabeza a causa de diferentes hechos que pasaron en menos de escasos segundos, no fui capaz de rechazarlos, por lo que pusieron punto y final en la página, pasaron a la siguiente y escribieron un nuevo capitulo, lo peor de todo es que se acabaron esas sonrisas de tonto. Ahí estaba en el suelo caduco, mirándome los pies y dándome cuenta, ahora, de que es la tierra la que se mueve.

No me hagas suplicarte, sería humillante.

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